No aumenta la inversión

En las últimas semanas, incluido el mes de agosto, hemos asistido a una especie de debate sobre las becas y ayudas que el Ministerio de Educación concede a estudiantes, tanto de Secundaria como de Educación Superior.

En una nota de prensa enviada desde Educación, se aseguraba que aumentará el presupuesto de becas un 20%. Habrá, dice el Ejecutivo 1.417 millones de euros, delos que 1.317 se gastarán en el presupuesto de 2014.

Según las mismas cifras del Ministerio, en el curso anterior, la inversión en becas fue de 1.434 millones de euros. Por lo tanto, este curso no serán superiores, sino 17 millones menores. A esto cabría rebatir que en 2014 sí habrá un aumento sustancioso de esta partida, desde los 1.161 millones a los 1.317.

No es por ser desconfiado, pero cabe recordar que la Ley de Presupuestos del Estado de 2013 preveía 1.220 millones de euros. También según el Ministerio, solo se invertirán 1.161. Es complejo confiar ciegamente en que el Ministerio de Economía y Hacienda decida, para el próximo año, que las becas sí son importantes y que no solo nos las van a reducir, sino que van a aumentar en 150 millones.

 

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Resistencia

La nueva Ley de Educación ya está casi lista, casi. Le falta el trámite parlamentario y, teniendo en cuenta cómo ha sido el proceso de elaboración del texto, no habrá tal trámite; será más bien un paseo por los pasillos del Congreso de los Diputados.

Llevamos prácticamente un año criticando duramente esta ley por una cantidad ingente de motivos. Desde un diagnóstico más o menos errado a unos planteamientos completamente fuera de la realidad en cuanto a la manera de abordar los problemas.

Hemos criticado también la segregación de los alumnos, la vuelta a una FP para quienes “no valen” para estudiar, la expulsión de quienes necesitan refuerzos y apoyos porque ya no los tendrán, si se contemplan ni nada por el estilo.

Es difícil no caer en el pesimismo más absoluto pensando en la que se le viene a la educación pública dentro de un año y medio escaso. Muy difícil.

Pero ese es el plazo que existe para hacer todo lo que esté en la mano de cada persona implicada (docentes, familias, administraciones, etc.) para plantear estrategias de todo tipo para luchar y resistir esta ley que va a acabar (o al menos lo intentará) con los frágiles fundamentos de una educación pública ya raquítica y en situación bien complicada.

Es un tiempo en el que hay que plantear ideas y acciones. Pero no solo, o no tanto, de reivindicación (en la calle o no) frente a la ley. Hay que ponerse las pilas para que los centros, las aulas, los pasillos sean auténticas posiciones de fuerza en las que se pueda y se siga enseñando de otra manera, frente a este texto que nos envía al medievo educativo.

Es tiempo, creo, de esperanza y de ideas. Tenemos un curso entero para movilizar a la comunidad educativa frente a la Lomce. Pero no ya en la calle, con la pancarta (que también) si no en los colegios e institutos. Es tiempo de hacer que la educación pública sea ejemplo, a pesar de quien la gestiona en este país.

Hay cientos de ejemplos de trabajo brutal y estupendo en las aulas, con equipos que creen en lo que hacen y, además, lo hacen bien. Es tiempo de resistencia, de desobediencia ante lo que pensamos y creemos que no solo no viene a arreglar nada, sino que lo empeorará. Frente a una norma que quiere que la doble red educativa sea como hace 50 o 60 años en España. Una red subvencionada por el estado, religiosa y mayoritaria, y una pública, enfocada para quien no tenga más salida que esa.

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Acceso docente

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Hace ya unos cuantos días que estamos asistiendo a un cambio sustancial en la manera en la que los docentes en España entran en la función pública.

Desde hace semanas algunas comunidades autónomas han decidido, generalmente sin contar con los representantes de los trabajadores, cambiar el modelo por el cual se organizan y confeccionan las listas de personas interinas. Hasta ahora, estas se organizaban fundamentalmente en función de la experiencia previa que tenían los interinos. Ahora, sin más, lo harán en función de la nota que consigan en la oposición.

Hace ya unos años, con el anterior Ejecutivo socialista, esta idea ya comenzó a tomar forma. Era necesario que fueran los mejor preparados quienes accedieran a la docencia. Se barajó la posibilidad de que contara más la nota del examen. Las elecciones anticipadas y la fuerte contestación sindical dieron al traste con toda revisión del proceso.

Ahora, el panorama ha cambiado. La mayoría absoluta del PP en el Gobierno, así como la juventud de la legislatura, le dan capacidad de hacer estos cambios. Lo curioso es que no sea el Ministerio el que lidere la transformación, sino que sean algunas de las comunidades autónomas, como Madrid o Castilla-La Mancha (hoy día dos de las más extremas del país).

Hay que recordar que los cuerpos de funcionarios docentes son nacionales. Serían deseable que el acceso a la carrera fuera homogéneo.

En cualquier caso, resulta más preocupante que esto, el hecho de que siendo de la importancia que es decidir quién puede enseñar a niñas, niños y jóvenes, la discusión solamente se centre en el valor del examen o en los años de experiencia.

Siendo ambos parámetros relativamente importantes, pienso que no todas las personas que son capaces de estudiar mucho y sacar buena nota en una prueba están capacitadas para tratar con 30 menores durante los próximos 37 años; tampoco creo que quienes llevan 7 u 8 años dando clase en ese limbo que es la interinidad, simplemente por ello, sean la mejor elección.

Me pregunto para cuándo se tendrá en cuenta en el acceso a la carrera docente la capacidad de empatía de quienes quieren dar clases; la capacidad de comunicación, la inteligencia emocional, su capacidad de trabajar en equipo, su inquietud por el bienestar, etc., etc.

Como dicen los dichosos informes internacionales, es imposible tener una mejor educación que la que puedan dar los profesores y profesoras existentes. Efectivamente. Cuanto mejor es el cuerpo docente, mejor será la educación que reciban los alumnos. ¿Es posible medir esto en un examen, en una oposición, en un concurso? Diría que el sistema es muy limitado, muchísimo.

¿No sería momento de debatir sobre qué queremos que sepan maestros y profesoras? ¿No sería interesante de una vez hablar sobre qué deben aprender los menores que están en nuestras aulas? El debate sería largo y duro, pero es la única manera de mejorar ciertas cosas.

Si no sabemos qué queremos/creemos que es imprescindible que aprendan niñas y niños ¿cómo vamos a saber qué habilidades y conocimientos deben tener las personas que les enseñen? ¿cómo vamos a ser capaces de determinar la mejor manera para elegir a estas personas?

En este caso, creo que el camino recorrido por Finlandia podría ser un buen comienzo. Que la selección no sea posterior al paso por la Universidad, sino previo. Y no solo a base de exámenes de oposición; sería interesante conocer las habilidades sociales de quienes van a acabar dentro del aula enseñando.

Si cambiamos ahora la baremación de las oposiciones, será darle la vuelta al sistema para que, en el fondo, todo quede como está. Pero al revés. No tendremos a los mejores profesores o a las mejores maestras, tenemos a quienes saquen mejor nota.

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El fracaso ¿escolar?

Quedan pocas cosas que comentar después de ver la primera media hora larga de este vídeo.

Es de esto de lo que hablamos cuando hablamos de escuela pública, de integración de alumnos con necesidades, de menores que no conocen nuestro idioma y el esfuerzo que han de hacer, junto a sus profesoras y profesores para alcanzar el nivel de la clase. Es de esto de lo que hablamos cuando hablamos de compensación de las desigualdades de partida. De lo que hablamos cuando hablamos de esfuerzo, currículo, ordenación de los centros, de evaluación, profesorado y responsabilidad de las administraciones públicas. Hablamos, en definitiva, de personas y no de estadísticas de ministerio o consejerías, de organizaciones internacionales o sindicatos. Hablamos de menores con familias rotas, en donde hay violencia en ocasiones, familias que trabajan tantas horas que no pueden/saben atender a sus hijos; personas que no tienen dinero para comprar libros o material escolar (cada vez habrá más de estos)…

Es una pena que los parlamentos nacionales y autonómicos estén tomados por “expertos” que pisan poco o nada un centro, más que para inaugurarlo o hacerse una foto parecida.  Es una pena. Pero también es fantástico ver cómo, cuando sus puertas se abren a la sociedad civil que trabaja a diario, la dignidad ilumina las instituciones representativas.

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Incongruencia

http://www.europapress.es/sociedad/educacion/noticia-wert-universitarios-no-deben-estudiar-quieren-les-emplee-20130204162958.html

Ya lo dijo el ministro Wert, los universitarios deben tener en cuenta menos sus preferencias a la hora de estudiar y sí “las necesidades (no sabemos de quién) y su posible empleabilidad”.

¿Para qué alguien va a querer estudiar Magisterio o hacer el Máster para ser profesor de Secundaria cuando cada vez hay menos profesores (baja la empleabilidad y hay menos necesidad de trabajadores de la enseñanza), están cada día peor pagados y, encima, las administraciones públicas lanzan mensajes poco claros con respecto a su valía como profesionales?

Sin embargo, dadas las circunstancias próximas en lugares como Madrid, estudiaría para ser croupier. Un oficio con mucha más proyección profesional en los próximos años.

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Qué es la educación

manos

Bueno, esta es una de esas preguntas difíciles, pero creo que puede ser importante darle algún tipo de contestación. O tal vez sea lo más importante dedicarle unas cuantas horas de reflexión. Al menos eso, porque parece que en los tiempos que corren y dadas las urgencias de rescates, recortes, cambios, eficacias y demás historias, lo que más nos han quitado es el tiempo de reflexionar. Y lo que menos queremos utilizar. Es más sencillo utilizar twitter o facebook y el wasap y todo lo demás.

Pero ¿qué nos gustaría que fuera la educación? ¿Tiene que servir para algo? ¿Para qué? ¿La educación es nada más que un medio o es un fin? Y si es un medio, ¿para qué fin? y si es un fin ¿cuál?

Nos hemos acostumbrado a escuchar que la educación debe formar a las nuevas generaciones para enfrentarse mejor al mercado laboral. Da igual que estén en la educación Primaria o en la Universidad. Es lo mismo, a cualquier edad es bueno que niñas, niños y jóvenes vayan entendiendo que el objetivo final es adaptarse al mercado laboral. Si es que este sigue existiendo, claro está.

Pero cada día oímos menos (bueno, en realidad no lo oímos nunca) lo de que la educación es importante para que la gente sepa, sin más. Quiero decir, a mí me gusta pensar más en la educación como un fin en sí mismo, aprender no para aprender, aprender por aprender. Cuantas más fuentes, mejor; cuanto más críticas, mejor; cuanto más tiempo dure la formación, mejor. No sé si es mejor para la sociedad, o para las empresas, la banca, el capital, los gobiernos… Sobre todo es fundamental para las personas que aprenden. Porque acceden a un mayor conocimiento, tanto de sí mismos como de los demás.

Vivimos, lo sé, en un mundo productivo, que quiere ser infinitamente productivo pero ¿de verdad es necesario que sea tan productivo? ¿Tan rentable? ¿Para quién? Creo que es bastante perniciosa tanta productividad, producción, crecimiento y blablabla. Porque ¿quién se beneficia? Desde luego, las personas cada vez menos.

Por ejemplo, un buen motivo para que la educación sea, sin más, un buen fin en sí mismo, es un efecto que produce. Cuantos mayores son los niveles de educación que alcanzan las personas, llevan vidas más sanas. Bueno, no parece un mal comienzo. No parece un mal objetivo de la educación. Y aunque en donde leí esto se refería a la salud física, creo que también se relaciona con la salud emocional, con la mental, con la autoimagen, la autoestima, las expectativas que cada uno tenemos de nosotros mismos.

La educación también para hacer mejores personas. Mejores consigo mismas y con los demás. Conscientes de que viven en una comunidad mucho mayor que ellas mismas, que se extiende en el tiempo y en el espacio (por delante y por detrás) y que lo que hagas, lo que haces, tiene una repercusión, hacia ti, hacia los demás, hacia todo aquello que te rodea.

A mí me interesa tener buena gente alrededor más que tener gente productiva, empleable, “emprendedora”.

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¿Negociar?

ministro

Nos espera un año de órdago, a pesar de que la actualidad educativa está como el tiempo, gris y congelada. Por delante, todavía, la “negociación” del anteproyecto de Ley de Mejora de la Calidad Educativa, que ha cambiado mucho (aunque no tanto) en los últimos meses y que todavía no está terminado.

Se supone que después comenzará la “negociación” del Estatuto del Personal Docente. La verdad, si se produce una negociación con los sindicatos como la que se ha venido desarrollando en todo 2012, habrá que suponer que el Ministerio de Educación facilite a la Mesa Sectorial un texto cerrado que no será bienvenido por casi nadie. Nunca se sabe.

En este año no se ha negociado nada con los sindicatos a pesar de las tremendas transformaciones que se han visto en las condiciones laborales del personal docente. Pero tal vez esto no sea lo peor. Lo que parece más difícil es comprender cómo se va a dibujar una carrera profesional para un colectivo que cada año que pasa se encuentra en peores condiciones laborales. ¿Qué clase de motivación se va a establecer cuando las reducciones salariales de todo el colectivo han sido enormes? ¿Cómo se establece una carrera si la nueva ley abre la puerta a la contratación de personal “experto” que no tiene por qué ser docente?

Seguramente se tratará en este Estatuto Docente de la figura del profesor, de la autoridad que es necesaria que tenga para controlar esa especie de jauría en la que se han convertido los centros públicos de enseñanza. A pesar, eso sí, de que los pocos datos que se ofrecen hoy día en relación con la convivencia en los centros no reflejen exactamente esa bíblica dificultad para dar clase. Ciertamente, aumentar la presión punitiva no creo que sea la solución a esos conflictos. No entiendo cómo amenazando con más y más castigos se puede conseguir que el alumnado “respete” al profesor. Pero todo esto es otra discusión.

Tal vez lo que se esté intentando conseguir, en definitiva, no sea siquiera negociar el Estatuto, sino, simplemente, no conseguirlo. Las diferencias ideológicas (llámenlas cómo quieran) entre las centrales sindicales son muy grandes. Ya en 2007 y 2008 algunos se mostraron de acuerdo con seguir con la negociación y ser “comprensivos” con la situación económica del momento. Es decir, se podría renunciar a la parte meramente retributiva del Estatuto siempre y cuando contemplara una carrera docente clara y con la que se estuviera de acuerdo. Pero no todos los sindicatos lo veían así. Si no se va a hablar de las retribuciones, de los incentivos, ¿para qué hablar?

La situación de la economía es mucho peor ahora que hace cuatro o cinco años. Mucho peor. La capacidad de presión de los sindicatos, lamentablemente, parece no ser suficiente para una Administración que tiene las cosas muy claras y las decisiones muy tomadas. Y desde luego, su capacidad de negociación, hoy, es casi nula. Tanto en cuanto, el Ministerio no negocia, solo expone y dispone.

¿No será que hay cierta intención, dadas estas circunstancias, de separar aún más a los  sindicatos con respecto a la negociación del Estatuto?

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