Libertad de elección (del alumno)

Siempre se habla, cuando se habla de libertad de elección, de la que tienen las familias a la hora de decidirse por un colegio u otro para matricular a sus hijos. Pero poco o nada de la que tienen los alumnos a la hora de decidir sobre su futuro.

Es cierto que damos por hecho que un niño de tres años no tiene capacidad de raciocinio suficiente como para pensar ¿en qué centro quiero matricularme ante la posibilidad de pasar los próximos diez o doce años en él? Pero también pensamos que un alumno con 15 o 16 años no es capaz de discernir ¿qué asignatura optativa cojo? ¿La maría o una que me dé algunas pistas sobre las posibilidades futuras que me ofrece el sistema para seguir formándome? Sí les dejamos trabajar a esa edad, pero no decidir estudiar una opción determinada que condicionará su vida, al menos en el corto y medio plazo.

Creen en el Ministerio que si los alumnos tienen capacidad de elección de asignaturas optativas, estos se inclinarían por “lo que le resultara más fácil o más grato”, de manera que no aprenden jamás lo que es la cultura del esfuerzo. Eso sí, con 15 años sí tienen que ser capaces de saber si quieren ir a la Formación Profesional o al Bachillerato. Y dada la rigidez del sistema educativo español, esa elección le cerrará la mitad de las puertas formativas y laborales en el futuro.

Lo expresa tremendamente bien Mariano Fernández Enguita en su blog, hace unos días, “el hecho de que una institución te diga lo que hacer con lo mejor de tu tiempo más de la mitad de los días del año, a una edad en la que ya podrías trabajar, reproducirte y hasta ir a la guerra resulta, cuando menos, discutible y, sin duda, doloroso”.

Explica el catedrático que la idea es que, a pesar de las diferentes motivaciones y puntos de partida de los alumnos, todos los chavales consigan un grado similar de desarrollo. Para eso, además de alargar la educación obligatoria, se pusieron sobre la mesa elementos como la diversificación o la discriminación positiva.

Es difícil cuadrar el círculo con determinados elementos. Por una parte se critica la capacidad de los alumnos de elegir entre un número de asignaturas porque esto les lleva al camino de lo fácil y grato, mientras se justifica la separación de los jóvenes entre FP y Bachillerato con que “la elección temprana podría servir de motivación”. Lo mismo te digo una cosa que te digo la contraria. O eso parece.

También se ha señalado que el número de optativas en Secundaria es excesivo, a pesar de que, como tales, solo pueden elegir una por cada curso, desde 1º de ESO hasta 2º de Bachillerato. Ciertamente, en 4º de ESO pueden elegir algunas asignaturas más dentro de las opciones que tienen y en función de la vía que seguirán más adelante.

Tal vez, como apuntan mucho, el problema no sea el número de las optativas, sino el de asignaturas en general que deben estudiar. Se abren otras posibilidades: ¿Por qué no dar tanta flexibilidad como en niveles superiores? ¿Por qué no materias que duren medio año? La rigidez sí es la marca de la casa del sistema educativo, no su flexibilidad, su optatividad. Y menguarla, para muchos, supondría, sin más, un aumento directo del fracaso escolar.

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