Adoctríname

Adoctrinar

Lo cierto es que no tenía muchas ganas de escribir sobre Educación para la Ciudadanía. La asignatura de la polémica (inventada). No tenía intención de hablar del cambio de temario ni del futuro cambio de nombre ni nada parecido. Ni siquiera para hablar de lo que son esos conceptos tan adoctrinadores y espantosos como la educación afectivo-sexual o el (re)conocimiento de familias no formadas por mamá, papá y los niños; de que la homosexualidad es una parte de la realidad que ni se acepta ni se deja de aceptar, simplemente es.

Pero el caso es que me encuentro leyendo informaciones sobre diferentes comunidades autónomas y en todas, sin excepción que yo recuerde, se está desarrollando o se ha desarrollado algún tipo de materia relacionada con el “emprendimiento”, con la creación de empresas, con la búsqueda de negocio desde edades tempranas. Y me sorprende. Me sorprende mucho que no se hable de adoctrinamiento en estos casos. Porque, al fin y al cabo, enseñar a niños y jóvenes las bondades del capitalismo es adoctrinar ¿no?

Tal vez el asunto es qué tipo de “valores” queremos transmitir a las siguientes generaciones. Podemos hablarles de ciudadanía, de solidaridad, de comprensión, de la existencia de personas diferentes a ellas y ellos (por razones de sexo, tendendia ideológica, sexual, raza, color, etc), etc. O bien, podemos enseñarles valores como competitividad, cómo hacer dinero, productividad o viabilidad económica.

Educar a ciudadanas y ciudadanos críticos no casa bien con el sistema actual de las cosas. Desde luego no está de moda, a pesar de que este sea el mensaje del que se habla constantemente desde los estamentos políticos de todo signo. Es difícil ser un ciudadano crítico cuando los currículos de las materias están a rebosar y los docentes se ven impelidos a darse más prisa para alcanzar el final del libro. Aunque siempre hay alternativas a esto, enfrentarlas también supone un esfuerzo, a veces, titánico.

Tal vez si fuéramos menos competitivos y más colaborativos las cosas irían mejor. Tal vez si fuéramos conscientes de que todas las personas tienen los mismos derechos, que ambos géneros deben tener el mismo espacio en la esfera pública y en la privada, si parásemos a escuchar a las demás personas antes de hablar… Tal vez, así, seríamos más felices.

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