Tomar medidas

Eficiencia, rendición de cuentas, resultados, rendimiento.

No sé, a mí estos conceptos me suenan, incansablemente a la cadena de montaje del señor Ford. Lo malo es que cada día se utilizan más y más para hablar de procesos intelectuales y emocionales que se desarrollan en las aulas de todo el mundo.

¿Cuál es la regla de medir para este tipo de procesos? ¿Es lo mismo fabricar coches que educar jóvenes? ¿Es lo mismo ensamblar componentes informáticos que hablar de solidaridad, cooperación, Historia universal o Matemáticas? ¿Es posible medir con la misma exactitud el modo en el que una niña o un niño alcanzan un aprendizaje y el proceso de producción de cualquier artículo o bien de consumo?

Según la comunidad científica internacional, procesos educativos como los que se desarrollan en las comunidades de aprendizaje que investigan y ponen en marcha desde el CREA-UB, son los únicos que se pueden definir como exitosos. Exitosos. Nunca les oí hablar de eficientes.  Éxitos que, además, se miden en varios años, no en un solo curso… las progresiones tienen su importancia.

Es cierto que de un tiempo a esta parte se ven muchos centros, no premiados por las administraciones gracias a sus actividades con el alumnado, sino con certificados de calidad en los procesos (¿?). Y me asaltan de nuevo las dudas: ¿Cómo se mide el aprendizaje de una niña que aprende a aprender? ¿Tiene AENOR reglas para esto? ¿Cómo se hace de manera eficiente?

Y en este totum revolutum me acuerdo de ese mantra que utilizaba en el último año de mandato Ángel Gabilondo, en esa extraña manía de dar a conocer cuánto dinero decía la OCDE que revertía en la sociedad cada euro invertido en educación. A lo mejor es importante conocer cuánto ganamos todos pagando impuestos que se redistribuyen en la educación. Seguramente mucho. Pero lo cierto es que sonaba a última excusa, a dar razones a la desesperada, para que te hagan caso.

La educación deja de tener valor en sí misma y lo tiene en función de cuánto dinero nos será “devuelto” cuando la muchacha o el muchacho accedan a un trabajo y comiencen a cotizar. Tendrá valor en función de las notas de un expediente académico, de la foto fija del final del cuso. El proceso, no importa. De dónde venía y adónde llegó, tampoco. Lo que llaman “valores” (nadie todavía se paró a definir qué valores) tampoco se evalúan.

Cada vez estoy más convencido de que la educación tiene menos que ver con lo que se ve habitualmente. Con profesoras y maestros explicando cosas a niños y niñas que hacen deberes en casa y después se examinan. Esto sí se parece a la producción fordista. Difícil de encajar con proyectos exitosos en los que las niñas y los niños aprenden unos de otros en condiciones de igualdad, en los que los adultos, no solo el o la profesora de turno, sino voluntarias, padres, abuelas, etc, colaboran y cooperan, se integran en el proceso.

Procesos en los que las emociones están sobre la mesa constantemente y ayudan a todas las personas que participan a crecer, a aprender y a enseñar. De esto, Ford no creo que se preocupase mucho.

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