Docentes (des)incentivados

Estoy leyendo la transcripción de la comparecencia de la secretaria de Estado de Educación y Formación Profesional, Monserrat Gomendio, ante la Comisión de Educación del Parlamento.

En ella desvela las líneas generales de su departamento para el futuro, es decir, en qué va a consistir, más o menos, la reforma del sistema educativo español. En dos pinceladas, rendición de cuentas, más exigencia, competencia entre centros y elección temprana del alumnado.

Pero no es eso, no hoy, lo que más me ha sorprendido. No. Ha sido lo que ha dicho de los profesores, de la importancia que tienen para el desarrollo de la educación (“el profesor es la clave del sistema educativo”).  Debido al peso que le dan desde el Ministerio dirigido por José Ignacio Wert, se quiere enfrentar una de las reclamaciones más antiguas de este colectivo: el Estatuto de la Función Pública Docente. Un documento que está aparcado desde 2007 debido a la situación económica que impedía su puesta en marcha. Nótense las diferencias entre la situación económica de 2007 y la actual.

El caso es que se quiere enfrentar esta patata caliente porque, apuntaba Gomendio en el Congreso, “en este momento muchos profesores se encuentran desmotivados por la ausencia de una carrera docente digna de tal nombre y por la dificultad de hacerse oír en las aulas” (esta frase bien podría valer para describir la situación de las decenas de miles de interinos que estos días salen de los centros por última vez. Un colectivo que efectivamente está desmotivado por “la ausencia de una carrera docente digna” y que, además, tienen “dificultad para hacerse oír en las aulas”, pues ha sido despedido).

En principio parece que para hacerlo, el Ministerio deberá hablar con los sindicatos del sector. Unos sindicatos que hace algo más de un mes convocaron una huelga general. Que llevan desde el mes de septiembre movilizados y mostrándose críticos con la postura tanto del Gobierno central como de los autonómicos en relación con los recortes habidos en la educación. Incluidos aquí los sindicatos, digamos, más cercanos al partido en el Gobierno. Parece que una negociación de estas dimensiones empieza en unas condiciones complicadas.

Y no solo por esto, sino también por el hecho de que entre las medidas que quiere adoptar se encuentran la de crear incentivos que hagan que los docentes estén abiertos a “mejorar” durante su vida profesional. Imaginamos que estos incentivos, de una manera u otra, estarán relacionados con el cobro de dinero. Un elemento que después de que el presupuesto educativo haya mermado en la manera en la que lo ha hecho, parece inalcanzable. ¿Cómo se pagarán incentivos por el perfeccionamiento docente cuando se ha recortado el salario de todos los funcionarios un 5% y se ha congelado, dos años consecutivos? ¿Con qué dinero en esta coyuntura?

Pero todo esto, todas las dificultades que se plantean y demás, no me parecen lo más importante. No era esto lo que ha suscitado mi reflexión, sino unas palabras que la misma secretaria de Estado lanza unos minutos antes en esta misma intervención:

“Es necesario un cambio de enfoque de forma que la calidad de un sistema educativo se mida por el output, es decir, los resultados de los estudiantes en pruebas del mismo nivel de exigencia y no por el input, es decir,  por los niveles de inversión, el número de profesores o el número de colegios construidos”.

Indudablemente el peso de los resultados del alumnado, sobre todo los índices de abandono y fracaso (recordemos que han bajado en los dos últimos años significativamente, seguramente por el enorme porcentaje de paro juvenil que ha hecho a muchos volver o no marcharse) es capital.

Pero ¿cómo se puede defender la importancia del profesorado, la necesidad de que sean considerados autoridad dentro de las aulas, cómo se puede hablar de que están desmotivados porque no tienen una carrera docente digna de tal nombre y al mismo tiempo decir que el número de profesores del sistema educativo no debe computar como elemento de medición de la calidad?

Pero creo que es necesario que haya un número suficiente de profesores. Creo también que algunos de los puntos que favorecen la calidad de la educación tienen que ver con la enseñanza personalizada o más cercana a los intereses y necesidades de las y los alumnos. Y creo que tener entre 36 y 40 jóvenes adolescentes en el mismo espacio y con un solo profesor no es la mejor manera de motivar, ni de incentivar, ni de dar autoridad. Eso sí, se socializarán mejor esos alumnos.

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