Y agosto

Fuente: EPA 2012

La situación de España es ya insostenible, pero aquí seguimos, vivos. Parece que en poco tiempo conoceremos qué es que el FMI y el BCE entren hasta tu cocina, como hicieron en América Latina en los años 80; y conseguiremos convertirnos en los esclavos del resto de Europa. Al menos, de la parte más alemana y neoliberal de Europa. Pero eso es otra historia.

A las puertas del mes de agosto y ya con ganas de que lleguen las vacaciones para poder descansar y olvidar este curso, me temo que la vuelta será un tanto escabrosa. Nos esperan, lo más probable, nuevos y más brutales recortes sobre los siempre escasos y ahora exiguos derechos sociales de la población española (en las últimas fechas se hablaba de 10.000 millones de euros de las pensiones). Y, además, dentro de lo que nos ocupa, la elaboración y “negociación” de la nueva Ley de educación que regirá los destinos de la juventud de los próximos años.

Si atendemos a la inversión de las administraciones públicas en este curso y en los que vienen, con eso ya sería suficiente para generar una brecha social difícil de salvar entre quienes menos y quienes más tienen. Se acabaron ya hace tiempo los refuerzos y apoyos que han sido capitales para conseguir que en los últimos años hayan bajados los porcentajes de abandono y fracaso escolar. Lo más previsible es que vuelvan a donde estaban en un tiempo relativamente corto. Entre otras razones, por el aumento de las ratios en Primaria y Secundaria y la desaparición de decenas de miles de enseñantes.

Pero, además de los recortes, las medidas principales de la nueva ley ya anunciadas por el ministro a toda la comunidad educativa durante este mes de julio, nos hacen pensar en una escuela, no ya de otro tiempo que pensábamos olvidado, si no, casi, de otra dimensión.

Fomentar el esfuerzo entre los alumnos no se hace obligándoles a pasar en cada etapa una prueba que puede ser eliminatoria; convertir el sistema educativo en una carrera de obstáculos no parece que sea un método adecuado para fomentar el interés por estudiar. Y con la perspectiva laboral general, la verdad, tampoco parece que la salida al mercado de trabajo tras conseguir cierto logro académico sea un aliciente.

Haría falta un enorme cambio cultural en España. Descomunal, seguramente, para conseguir que el ejemplo que llega a miles  y miles de retinas no tenga que ver con esquivar la ley, con la no necesidad de esforzarse por alcanzar una meta. Ese es el verdadero problema de un país en el que la sociedad prefiere buscar la manera de defraudar a Hacienda y no la manera de mejorar el resultado de su trabajo. Y en esa cultura participan los “representantes” políticos de la ciudadanía. Tenemos ejemplos sangrantes que en las últimas semanas no paran de saltarnos a la cara, como este o este. No sé qué clase de cultura del esfuerzo es la que se preconiza desde según qué sectores cuando lo que realmente se fomenta desde todos los ámbitos (o casi) es todo lo contrario: monjas que revientan los límites de la decencia (sea cristiana o no), bancos rescatados con dinero público que se dedican a echar a la gente de sus casas, o un príncipe con unos cuantos delitos imputados que seguirá “trabajando” en Telefónica, etc.

Y mientras la realidad se empecina en enseñarnos su cara de perro con esto, por ejemplo.

Esperemos poder descansar mental y físicamente este mes de agosto para aguantar el otoño, el invierno, la primera y el verano que nos esperan.

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